El arte de ayer frente al arte de hoy

Para reflexionar, les recomiendo que lean Le temps, ce grand sculpteur (1954) de Marguerite Yourcenar, escritora francesa de origen belga que cursó estudios universitarios especializándose en cultura clásica.

“Nuestros padres restauraban las estatuas; nosotros les quitamos su nariz falsa y sus prótesis; nuestros descendientes, a su vez, harán probablemente otra cosa. Nuestro punto de vista actual representa a la vez una ganancia y una pérdida. La necesidad de refabricar una estatua completa, con miembros postizos pudo en parte ser debida al ingenuo deseo de poseer y de exhibir un objeto en buen estado, inherente en todas las épocas a la simple vanidad de los propietarios. Pero esa afición a la restauración a ultranza que fue la de todos los grandes coleccionistas a partir del Renacimiento y duró casi hasta nuestros días, nace sin duda de razones más profundas que la ignorancia, el convencionalismo o el prejuicio de una tosca limpieza. Más humanos de lo que nosotros lo somos, al menos en el campo de las artes, a las que ellos no pedían sino sensaciones felices, sensibles de un modo distinto y a su manera, nuestros antepasados no podían soportar ver mutiladas aquellas obras de arte, ver aquellas marcas de violencia y de muerte en los dioses de piedra. Los grandes aficionados a las antigüedades restauraban por piedad. Por piedad deshacemos nosotros sus obra. Puede que también nos hayamos acostumbrado más a las ruinas y a las heridas. Dudamos de una continuidad del gusto o del espíritu humano que permitiría a Thorvaldsen arreglar las estatuas de Praxíteles.
Aceptamos con mayor facilidad que esa belleza, separada de nosotros, alojada en los museos, ya no en nuestras moradas, sea una belleza marcada y muerta. Finalmente, nuestro sentido de lo patético se complace en estas mutilaciones; nuestra predilección por el arte abstracto nos hace amar esas lagunas, esas fracturas que neutralizan, por decirlo así, el poderoso elemento humano de aquella estatuaria. De todas las mudanzas originadas por el tiempo ninguna hay que afecte tanto a las estatuas como el cambio de gusto de sus admiradores.”

El caso más práctico que evoca esta reflexión y que una historiadora del arte como yo imagina cuando lee este texto de Yourcenar, es el plan museográfico espectacular -y también controvertido- del montaje/desmontaje de restauraciones precedentes que han sufrido las esculturas del Frontón de Afaia en Egina, un conjunto escultórico que data del año 490 a.C., que fue restaurado por el escultor danés Thorwaldsen entre los años 1816 y 1818. El célebre artista danés había intentado dar una cierta unidad al grupo de estatuas integrando las partes desaparecidas en un estilo similar a la rigidez y falta de expresividad de esta estatuaria griega arcaica. Restauración que, pese a su calidad artística, fue sacrificada por una intervención realizada en los años sesenta y setenta del siglo XX (ca. 1962 y 1975) bajo la dirección de Dieter Ohly (arqueólogo alemán especializado en la época clásica), quien dejó únicamente las partes originarias eliminando todos los añadidos del s. XIX. En la actualidad, este conjunto se presenta de acuerdo con las últimas tendencias museográficas, como una serie de fragmentos exentos, soportados por soportes metálicos como obras abiertas que quedan a merced de ser completadas mentalmente por el espectador.

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Lo que, a juicio de algunos expertos, el extremismo de esta des-restauración está a la par del radical completamiento realizado en el s. XIX por Thorwaldsen, pero que, en cualquier caso estas dos intervenciones demuestran y reflejan los gustos cambiantes de cada época, una circunstancia advertida ya a comienzos del s. XX por Alois Riegl (1858-1905), uno de los historiadores del arte más notables de su tiempo que fue conservador del Museo de Artes Decorativas de Viena, profesor en la Universidad de esta ciudad y presidente de la Comisión de Monumentos Históricos en 1902, y así lo señala en  su libro El culto moderno a los monumentos (1903) en donde introduce, entre otras consideraciones de interés, la reflexión sobre el relativismo del s. XX frente al positivismo y la creencia en los cánones absolutos del s. XIX, y cómo éste afecta a lo que él definía como monumento y que nosotros denominamos patrimonio. También aborda la cuestión de que no todos los espectadores han mirado o miran las obras de arte del mismo modo. Aparte, Riegl también apuntaba la capacidad que posee el arte del pasado de proyectarse en el presente, «valor artístico» lo llamaba, poniendo de manifiesto la complejidad de valores y lecturas que podían proyectarse sobre el PC. Así como también y no menos importante es su consideración sobre la importancia que tiene el culto de los monumentos para los hombres, pues aquellos serían la manifestación de un orden inalterable frente a los rápidos -rapidísimos- cambios del mundo contemporáneo. Y sólo si creemos que la restauración está influida por la cultura de cada época, podremos comprender mejor lo que sucede en el presente cuando nos encontramos ante hechos recurrentes como el de Egina en la eliminación de restauraciones precedentes (más conocido por el término francés de «dérestauration»). Actuaciones que son síntoma de nuestro tiempo, de la contemporaneidad, dominado por la filosofía posmoderna que ha relativizado criterios y juicios, imponiendo una pluralidad de puntos de vista. Con todo ello y esta reflexión, ya tenemos suficiente bagaje para afrontar futuros temas de restauraciones histórico-artísticas.

  • Yessica Esp. Historiadora del arte. Gestión del Patrimonio Cultural.

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