897 aniversario de la liberación de Zaragoza

La más que bimilenaria Zaragoza, la Caesar Augusta romana, ciudad fundada sobre la Salduba ibera por mandato del Emperador Augusto, fue el privilegiado lugar donde los hispanos, a través del apostol Santiago fueron confirmados en la Fe, en el año 40, por la Virgen Maria, en carne mortal, recibiendo la promesa de que la fe permanecería en España hasta el fin de los tiempos, donde nunca faltarían adoradores a Jesucristo.

Pero tras la invasión agarena de España parecía que esa promesa peligraba.

Zaragoza fue invadida el año 714 y ocupada por el sarraceno Musa ibn Nusair y a partir del 788 fue dominada por  los Banu Qasi, familia de muladies traidores (tautologia por redundante), hasta el 890, en que los Tuyibíes, yemeníes que desde la invasión musulmana habían medrado en su solar de la zona de Calatayud y Daroca, obtuvieron el gobierno de Zaragoza en la persona de Muhammad Alanqar. Estos se mantuvieron en la ciudad, primero dependientes de Córdoba y después como reyes de la taifa independiente hasta 1038 en que son sustituidos por la dinastía hudí, iniciada con Sulaymán ibn Hud al-Mustain I manteniéndose en el poder hasta 1110, siendo entonces substituidos por Muhammad ibn Alhay, gobernador almorávide.

Zaragoza (en árabe, Saraqusta o a veces Madînat Al-baida, la ciudad blanca) durante la ocupación fue una de las principales ciudades de al-Ándalus (no confundir con Andalucía, al-Ándalus  es el nombre de todo el territorio de la península ibérica ocupada ocupada) y, fruto de su capitalidad de fronteras, uno de los principales reinos taifas musulmanes. En su mayor esplendor abarcaba desde Tudela hasta Tortosa, dependiendo de ella Tudela, Huesca, Lérida, Tarragona y Calatayud y recibiendo vasallaje de Valencia y Denia.

Su fortaleza, frente a los vastos territorios despoblados en la frontera de Castilla y León habían sido la causa de la menor expansión del reino Aragonés.

La derrota de Valtierra les había llevado a los hudíes a pagar parias a Urraca para granjearse la protección castellana contra Alfonso, tras suceder a Al Mustain su hijo Abdelmalik.

Sin embargo su situación se fue haciendo más comprometida a medida que el rey Alfonso demostraba su poderío en el norte y los almorávides en el sur.

Las parias pagadas a los castellanos enervaron a los más nacionalistas, que hicieron caer la ciudad en manos almorávides, huyendo el rey a Rueda de Jalón, donde creó un pequeño reino sobre el Valle del Jalón.

Su odio a los almorávides le llevaría a aliarse con Alfonso posteriormente contra aquellos que le habían destronado. El gobierno almorávide vino personificado por Muhammad ibn al-Hayy, que había retomado Valencia tras su captura por el Cid, (1110 – 1115) e Ibn Tifilwit, cuyo gobierno vino marcado por sus desavenencias con el filósofo y visir Avempace (1115 – 1117).

Estatua de Alfonso I en Zaragoza.

Pero tras este periodo de ocupación (la promesa mariana permanece) llega el tiempo de la liberación.

Tras haber intervenido en la Reconquista , en 1110, defendiéndose de Al Mustain en Valtierra en 1110, Alfonso, rey de Aragón y Pamplona, acomete la conquista de Zaragoza.

En busca de nuevas estrategias, se entrevistó con Gastón IV de Bearn a su regreso de las Cruzadas, estableciendo lo que sería una alianza clave transpirenaica.

Los primeros movimientos de su avance fueron la conquista de la Comarca de Tudela en 1117, haciéndose con Fitero, Corella, Murchante, Cascante, Monteagudo y Cintruénigo  ese año, que habían sido perdidas contra los musulmanes en ese ataque. Les otorgó el disfrute de los montes colindantes en régimen de facerías (uso compartido).

En una cronología confusa para los historiadores entre la conquista del territorio de Tudela en 1117 y la primera mitad de 1118, Alfonso marchó a Bearne para estrechar relaciones con Gastón IV. Gastón era un veterano occitano de las Cruzadas en Tierra Santa, de costumbres guerreras y religiosas similares al aragonés y señor de un vizcondado de fuerzas parejas a Aragón.

Era además experto en armas de asedio como había demostrado en la toma de Jerusalén de 1099, cuando luchaba bajo Raimundo IV de Tolosa, con lo que acumulaba una experiencia en sitios de ciudades que podía ser vital para el rey Alfonso. No se sabe mucho de cómo nació su buena relación, probablemente basada en sus experiencias vitales similares forjadas en la guerra contra el musulmán, pero llegaron a ser amigos íntimos.

El principio, como se ha dicho es confuso, y puede que ya estuvieran colaborando antes de 1117: el vizconde de Bearne aparece como tenente de Barbastro en 1113, sin que se sepa la razón. Entre 1117 y 1118 en un concilio en Bearne se firmó un compromiso de colaboración con Aragón.

Tampoco se sabe si Gastón de Bearne influyó en otros nobles occitanos, pero con el respaldo del Papa, que otorgó bula de Cruzada y los beneficios religiosos asociados, muchos se sumaron a la campaña contra Zaragoza, a pesar del recuerdo de la derrota en 778 de Carlomagno, presente en las leyendas a través del Cantar de Roldán.

Una bula de Calixto II a finales de año ratificó el Concilio de Tolosa (actual Toulouse) y reafirmó al ejército que se estaba congregando para conquistar la ciudad blanca.

Su único avance contra Alfonso fue la toma de la fortaleza de Juslibol. En 1117 la ciudad quedó, tras la muerte del gobernador, en manos del rey de Murcia.

En marzo de 1118, se congregó un gran número de caballeros y señores franceses y gascones en Ayerbe, bajo el mando de Alfonso. Acudieron asimismo fuerzas del condado de Urgel y, probablemente, también de Pallars, ya que el conde Arnal Mir de Pallars Jussà fue feudatario de Alfonso I de Aragón.  Marcharon al sur, conquistaron Almudévar, Gurrea de Gállego y Zuera, y sitiaron a finales de mayo Zaragoza. Se sabe poco de como se desarrolló el asedio. Varios historiadores consideran que se cortó el suministro de agua, que entraba por el canal de la Romareda para acelerar la caída de la ciudad. Los nueve meses que duró el asedio significaron una gran prueba para la moral y salud de las tropas cristianas, significando probablemente el invierno un retirada temporal pues los hombres dormían a la intemperie. Zaragoza finalmente cayó el 18 de diciembre de 1118. Se suele indicar como hito de la caída la toma del Torreón de la Zuda, sede del gobierno musulmán y fortificación del recinto amurallado.

Alfonso otorgó concesiones a los benedictinos para que fundasen un monasterio en el Palacio de la Aljafería, edificio que se se constituyó en residencia real de los reyes de Aragón. A la ciudad Alfonso le ofreció en fuero Totum per totum, que confiaba la protección de los intereses particulares a los cuerpos armados seculares que se pudiesen formar, garantizando la autodefensa, y un sistema de aljamas que garantizaban el respeto entre comunidades religiosas.

Las capitulaciones de la ciudad reconocía a los musulmanes el derecho a quedarse en Zaragoza, con la condición de habitar en los arrabales en el plazo de un año, durante el cual las mezquitas segurían cumpliendo su función; a pagar los mismos impuestos que hasta la conquista, a mantener sus propiedades rurales y a practicar su religión y ser juzgados por sus propias leyes. Se reconocía el derecho de marchar libremente a los que lo desearan. Con estas condiciones ventajosas, Alfonso trataba así de evitar la despoblación de la ciudad, especialmente conservando a los artesanos y comerciantes, asimilando a los mudéjares, lo que marcaría el arte de la ciudad.

Tras todo ello, la medina o ciudad vieja fue repoblada con cristianos que habían participado en la toma de la ciudad. Se estima que de los cerca de 20.000 musulmanes, muchos permanecieron, y con la llegada de nuevos habitantes la población creció y la ciudad se expandió extramuros. Gastón IV de Bearne recibió el señorío de la ciudad en recompensa a sus esfuerzos.

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