¿Qué es un barrio artístico? ¿Qué papel pueden desempeñar los museos en su desarrollo?

Algunos puntos a tratar en un seminario co-organizado por el Observatorio Aragonés de Arte Público de la Universidad de Zaragoza
Resumen:Barrio artístico es una expresión que puede definirse como una gran concentración de alguno (o varios, cuanto más entremezclados mejor) de los tres siguientes elementos: arte, artistas, instituciones artísticas. El tercer aspecto incluye muy particularmente a los museos de arte contemporáneo, cuyo rol en la formación de un distrito cultural puede encuadrarse en dos opciones: lo más típico es que, como Montmartre o Montparnasse en París o el SoHo en Nueva York, un vecindario de artistas quede institucionalizado con el tiempo al llegar la presencia de arte público y una alta densidad de galerías o museos de arte; pero también puede señalarse un segundo modelo en muchos otros casos, donde en medio de un área urbana deprimida se funda un nuevo museo, que cataliza la proliferación de galerías y artistas a su alrededor.

Abstract:

‘Barrio artístico’ is an expression which can be defined by the high concentration of either (or several, the more intermingled the better)) of the three following elements: art, artists, art institutions . The third point includes most specifically museums of contemporary art, whose role in the formation of a cultural district can be twofold: most typical is the case when, as in the historic examples of Montmartre or Montparnasse in Paris, or SoHo in New York, an artists’ hub becomes gentrified later on by the presence of works of public art and a high density of art galleries or museums; but there can be signaled a second model in many other cases, where a new museum has been founded in the middle of a depressed city area, catalysing the proliferation of galleries and artists around.

Palabras clave castellano: Artistas, arte público, museos, instituciones artísticas
Palabras clave inglés: Artists, public art, museums, art institutions

Esta denominación no es muy usual en español, pero me parece el mejor equivalente del francés quartiers d’art o del inglés art districts. Un “barrio artístico” es aquel en el que hay una alta concentración de presencia artística, en la cual yo distinguiría, para explicarlo mejor, tres factores: la afluencia de artistas —en la calle, en talleres o residencias, en cafés y locales de ocio—, la abundancia de arte en el espacio público —murales, esculturas y monumentos, arquitecturas de mérito, mobiliario urbano de diseño, instalaciones multimedia, performances, etc—, y la profusión en dicho sector de establecimientos artísticos —academias o escuelas de arte, museos, galerías de marchantes o fundaciones—. Podemos hablar de barrio artístico aunque sólo aparezca uno de estos tres factores, con tal de que se dé en altas proporciones, cosa para la que no existe una medida clara, pues todo depende de la percepción del hablante; pero sin duda los ejemplos mejores y más atractivos son aquellos en los que se combinan dos factores o los tres. Además, estoy convencido de que existe una interrelación creciente entre este trío de elementos, de manera que hoy en día una alta densidad de artistas acaba en seguida produciendo una importante presencia de arte público y de establecimientos de arte, o viceversa.

El emplazamiento en la ciudad de los museos e instituciones artísticas ha demostrado desde siempre una marcada tendencia a la proximidad con otros elementos patrimoniales. Los primeros museos de arte surgieron al abrirse al público colecciones dinásticas o eclesiásticas en monumentales palacios reales o conventos, y por tanto siempre abundaban en sus inmediaciones otros testimonios del mecenazgo artístico del Antiguo Régimen. Cuando no, se ornó el entorno de los nuevos edificios museísticos con estatuas dedicadas a artistas o mecenas de las artes; aunque ya en el siglo XX esta moda fue substituida por la presentación a las puertas de los museos de algunas de sus obras de arte, dando así a los viandantes un anticipo de lo que podrían ver dentro. Hoy casi resulta difícil imaginar un museo importante sin la inevitable presencia en la vecindad de alguna escultura o instalación artística en un jardín, plaza, fuente o estanque. A esta concentración de la oferta artística se podría añadir otros muchos casos de distritos urbanos donde junto a los museos aparecen reunidas academias de Bellas Artes, salas de conciertos, bibliotecas, universidades, u otras instituciones culturales. De hecho, esta condensación de oferta cultural en determinadas zonas de las grandes urbes no es sino una estrategia de utilidad turística y una prueba de cómo los poderes políticos tienden a agrupar sus apuestas para hacerlas más patentes: por ejemplo, a través de la colocación de obras de arte público en el entorno de un museo, costumbre generalizada que ha llegado a convertir algunos casos en el “logo” visual del museo, pero que en el Guggenheim-Bilbao se está desarrollando especialmente, con todo un programa de grandes intervenciones comenzando con el Puppy de Jeff Koons instalado a las puertas desde la inauguración del museo, al encargo realizado a Daniel Buren el pasado año.

 Puppy, la primera de las obras de arte público a las puertas del Guggenheim-Bilbao  La «Manzana Loca» de galerías, discotecas y comercios en torno al Centro Di Tella en Buenos Aires, en los años sesenta.

Cuando hay suerte, a menudo se establecen también sinergias con iniciativas culturales del sector privado que refuerzan esta apuesta por dar vitalidad artística a determinadas zonas urbanas: es bien conocido el caso del Centro Cultural Di Tella en Buenos Aires de los años sesenta, en torno al cual se formó todo un barrio alternativo de galerías de arte, discotecas o bares musicales de la movida contracultural, gay o subversiva. Hay comercios especialmente vinculados a este fenómeno sociológico, hasta el punto de que se pueden considerar como indicadores con los que medir su dinamismo. Los marchantes de arte y antigüedades, los comercios de postales, posters y reproducciones artísticas, las librerías de arte, las tiendas de artesanía, bisutería creativa u objetos de diseño, suelen proliferar en torno a los grandes museos —y aún dentro del edificio mismo del museo, ahora que no hay ampliación que se precie donde no se les reserve sitio propio—. A veces esto ocurre en las inmediaciones de un museo, sin que éste haya tenido nada que ver, como ocurre en Oporto en el vecindario del Museo Nacional Soares dos Reis, una institución centrada sobre todo en el arte decimonónico y completamente ajena al bullir de galerías de arte contemporáneo en la vecina Rua de Miguel Bombarda, donde en 1997 se estableció el galerista Fernando Santos y luego le han seguido muchos otros, que hasta se han unido para organizar conjuntamente la inauguración de sus exposiciones (suelen ser en sábado, cada cinco semanas aproximadamente): es una de las calles con una alta concentración de galerías donde tampoco faltan los cafés de artistas, los talleres, y hasta un gran centro comercial-artístico alternativo denominado Artes em Partes. Otras veces, en cambio, sí hay una relación directa entre la especialización de los museos y la de las galerías, pues hasta se produce un reparto sectorial: no es casual que las galerías de los alrededores del Centro Pompidou en París se dediquen al arte moderno y contemporáneo, mientras que en la acera opuesta al Louvre se encuentre Le Louvre des Antiquaires, y otro tanto ocurre en Nueva York enfrente del Metropolitan y del New Museum of Contemporary Art. Pero lo más llamativo de estos casos es sin duda el Plateau Beabourg, es decir, la plaza delante de la fachada principal, escenario público de libre actuación de hippies, vagabundos, y los que en francés se llaman hermosamente artistes de la rue, una denominación que incluye a los músicos, danzarines y prestidigitadores callejeros, o a quienes improvisan “acciones” colorístico-sonoras con voces, sartenes, u otros objetos reciclados. Ocurre algo parecido en el Museums Quartier de Viena, en la explanada que hay delante del Museo de Arte Contemporáneo (MUMOK), la Kunsthalle y el Leopold Museum, donde en los días de verano hay actuaciones musicales, danza moderna u otras atracciones, aunque en ese caso se trata más bien de eventos programados. Claro que, cuando no surge espontáneamente la animación callejera es preferible que ésta sea oportunamente contratada en lugar de esperar inútilmente su llegada, porque de lo contrario en seguida se apropian del territorio los locos del monopatín o del balón, como en las plazas de acceso al Reina Sofía en Madrid o al MACBA en Barcelona.
La culminación ideal de este proceso de constitución de lo que podríamos denominar un “barrio artístico” es la instalación en el vecindario de artistas, que atraídos por el glamour cultural de la zona deciden emplazar en esa zona su taller, su vivienda, o un local de encuentro entre ellos mismos y con el público. No es casual que haya varios talleres de artistas en la calle Doctor Fourquet, donde han proliferado tantas galerías de arte al calor de la proximidad del Reina Sofía, y que en el Raval de Barcelona, en torno al MACBA, haya cada vez más artistas instalados, como se puede comprobar año tras año cuando abren sus puertas al público en la convocatoria ya tradicional de Tallers Oberts. Y hay muchos más ejemplos similares, donde la inserción de algún museo de arte contemporáneo llega a funcionar como catalizador del florecer de una alta presencia de artistas en la zona.
Tal como he enfatizado ya en algunos artículos sobre el tema, nada tiene esto que ver con cómo surgieron y se desarrollaron los más conocidos barrios de vida bohemia que suelen ser estudiados por los historiadores del arte, como Montmartre y Montparnasse en el París de la Belle Epoque; tampoco corresponde al modelo paradigmático del SoHo neoyorquino, un caso de estudio favorito de muchos sociólogos del arte. Esta zona de Manhattan al Sur de la calle Houston —de ahí el acrónimo SoHo—, era un distrito de almacenes de mercancías en progresivo desuso que en los años sesenta y setenta fueron ocupados legal o ilegalmente por los creadores del expresionismo abstracto, el movimiento fluxus y el arte pop. En 1971 Leo Castelli trasladó allí su galería, y tras él llegaron muchos otros marchantes, tiendas de diseño, cafés o restaurantes con señuelos artísticos varios, como servilletas y salvamanteles ornados con reproducciones de cuadros, y exposiciones cambiantes de arte joven en las paredes, etc… Por fin, como culminación de este proceso, llegaron las instituciones como el New Museum of Contemporary Art o el Guggenheim SoHO. Muchos estudios sociológicos citan este distrito mercantil junto al puerto de Manhattan como ejemplo modélico de los procesos de gentrification social, porque ahora es una zona muy cotizada, donde ahora arquitectos, abogados y otros profesionales tienen sus lofts, mientras que los artistas bohemios que lo pusieron de moda hubieron de emigrar a Tribeca, Chelsea, Queens u otros barrios, ya que no pueden permitirse vivir en el SoHo. Lo mismo ha sucedido en muchas otras zonas en decadencia luego transformadas en “barrios artísticos” de moda, como el Marais en París, Shoreditch en Londres, o Prenzlauerberg en Berlín, etc.
Sin embargo, es una falacia asumir que todo “barrio artístico” comienza como una iniciativa de abajo arriba, surgiendo por la espontánea concentración de talleres, residencias o lugares de reunión de los artistas, y que sólo después llegan las élites de la cúspide social, insertándose en la zona desde la intervención de las instancias políticas o las empresas inmobiliarias. Ese es el esquema más típico, pero no es ni mucho menos el único posible. Hay muchos casos en los que todo esto ha ocurrido desde el principio por instigación de los dirigentes de la política cultural y urbanística. Uno de los más tempranos y que demuestran mayor constancia, es el llamado “Barrio del Artista” en la ciudad mexicana de Puebla. A principios del siglo XX la Plaza de Tornos, donde estaban los obradores textiles del centro histórico, se había convertido en zona de maleantes, pero en los años treinta y cuarenta fue restaurada por los poderes públicos, que ubicaron allí estudios de pintores y escultores, tras lo cual la apuesta por la revitalización del barrio se ha ido intensificando al ser recuperadas antiguas casonas y fábricas textiles para diversos equipamientos culturales, incluyendo varios centros universitarios y salas de exposición, abiertos en los años ochenta. El casco viejo de Puebla fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, y a pesar de los destrozos del terremoto de 1999 continúa su recuperación, ahora con la apertura de un Museo de Arte Contemporáneo.
Esto nos lleva a considerar una nueva perspectiva desde la que también se valora este tipo de actuaciones, y es la de quienes se interesan por la repercusión de museos, galerías o talleres de artistas en la revitalización socio-económica de su entorno. En Inglaterra, por ejemplo, abundan las financiaciones privadas, públicas y semipúblicas para este tipo de investigaciones, sobre todo en la capital, donde la London Docklands Development Corporation ha querido difundir esta filosofía y ponerla en práctica; en Birmingham el complejo de oficinas y apartamentos de la Custard Factory, donde se han reservado estudios para artistas a bajo precio, ha promovido también estudios y congresos sobre los beneficios derivados de la presencia artística en una zona. Puesto que estos estudios suelen ser hechos por equipos de consultoría habituados a trabajar con «indicadores» numéricos, su obsesión es demostrar con cifras la repercusión positiva del sector cultural en la creación de empleo y la dinamización turística del sector terciario —tiendas, cafés, restaurantes, hoteles, salas de música y baile—. Aunque, como quienes pagan esos análisis suelen ser entidades políticas, tampoco se desdeña del todo hablar de beneficios no cuantificables, en términos de «mejora de la imagen» local, o de mayor integración social.
En todo caso, interesa llamar la atención sobre el hecho de que la «rentabilidad» urbanística obtenida no debería medirse con parámetros y tempo  políticos. Normalmente transcurrirán varias convocatorias electorales antes de que haya pasado tiempo suficiente como para que se note el impacto de un nuevo museo como motor regenerador del tejido físico y los beneficios locales que aporte en un contexto de desempleo, marginalidad e inestabilidad social. Esto ha sido muy estudiado en los Estados Unidos de América, pero lo hemos comprobado aquí también al ver cómo con el tiempo y mucha perseverancia se van desmintiendo los primeros análisis que lamentaban un fracaso clamoroso de las expectativas levantadas por la creación del IVAM para reanimar el corazón de Ciutat Vella de Valencia y del Centro Atlántico de Arte Moderno en el casco histórico de Vegueta en las Palmas de Gran Canaria.
También hay que evitar la obsesión por demostrar con cifras la repercusión positiva del sector cultural en la creación de empleo y la dinamización turística del sector terciario —tiendas, cafés, restaurantes, hoteles, clubes nocturnos— pues siendo todas estas repercusiones extra-artísticas muy benéficas e interesantísimas, sobre todo no debemos dejar de lado un análisis del impacto que tiene lugar en el interior del mundillo artístico que bulle en nuestras ciudades. El caso de Barcelona, tan polémico desde otros puntos de vista, es extraordinariamente elocuente en términos del sector artístico: por un lado en el barrio del Raval, entorno al CCC y al MACBa —especialmente en la calle Doctor Dou y aledañas— y por otra parte en el área entorno al Museo Picasso, donde además del Museo Textil y la sala de exposiciones de la Caixa, animan la zona la Galería Maeght, el Centro Mentronom, y un sin fin de galerías entre la calle Montcada y el Mercado del Borne, por no hablar de los muchos artistas que se han ido a establecer en el Barrio Gótico. En Madrid la polémica transformación del antiguo hospital de pobres de San Carlos en el MNCA «Reina Sofía» tampoco ha producido una repercusión social y económica tan grande que haya convertido la zona de Atocha en zona de alto standing, pero es notoria la proliferación de espacios y comercios artísticos en los aledaños del museo, tanto en la plaza Doctor Drumen como en las calles Alameda y Doctor Fourquet.

Comercios relacionados con el arte en la plaza Doctor Drumen, frente al MNCARS Bares y galerías artísticos en la Ronda de Valencia, frente a la ampliación del MNCARS
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Créditos:

AACA. Asociación aragonesa de críticos de arte.  Jesús P. Lorente. (20/03/2008).

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