2 de julio de 1808

Muchos de vosotros estaréis ya de vacaciones pero nosotros -los apasionados por la historia- seguimos conmemorando hechos del pasado, porque tal día como hoy pero hace 205 años, sí, sí, como lo lees, un 2 de julio de 1808 se producía el famoso cañonazo, defendiendo la ciudad de Zaragoza, de nuestra heroína más querida: Agustina de Aragón.

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Goya tituló a esta estampa: «Qué valor!»

El 2 de julio de 1808, las tropas francesas atacaban Zaragoza por diferentes puntos, el Portillo, la Puerta Sancho, y el Convento de los Agustinos. La defensa fue terrible y murieron cerca de 200 franceses. Al frente de los defensores estaba Renovales y Sas que rechazaban uno a uno los ataques. Un hecho marcó este día, la jovencísima Agustina Zaragoza Domenech, Agustina de Aragón para los amigosJ, al ver a un artillero moribundo cogió la mecha de su mano y disparó su cañón haciendo huir a las tropas invasoras. La gesta de esta heroína corrió como la pólvora entre los zaragozanos infundiendo ánimo a los numerosos heridos.

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Agustina disparando el cañón es uno de los símbolos de los sitios de Zaragoza, de esta hazaña se han hecho numerosas películas, se han escrito libros y se han pintado cuadros. Que niño o niña no ha pintado alguna vez en el colegio esta escena. Yo misma, la pinté en muchas ocasiones. Quizás mi admiración por esta insigne heroína viene por el hecho de haber nacido en la ciudad donde ocurrió esta gesta tan importante.

LA ARTILLERA AGUSTINA DE ARAGÓN

El 2 de julio de 1808 Zaragoza resistía el asedio de las tropas francesas. En una de las puertas de la ciudad, la conocida como del Portillo, una joven de unos veintidós años cogía un botafuego y, por encima de los soldados caídos, encendía la mecha de un cañón. El disparo obligaba a los franceses a batirse en retirada. Agustina de Aragón, con este valiente gesto, se convirtió en un mito. Como ella, muchas otras mujeres lucharon con valentía en la GdI (Guerra de la independencia española).

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Los orígenes de Agustina. Agustina Raimunda María Saragossa i Domènech había nacido en Barcelona en 1786. Sus padres, Francesc Ramon Saragossa i Labastida y Raimunda Domènech i Gasull, eran unos campesinos de Lérida que habían emigrado a Barcelona en busca de una vida mejor.

Siendo aún una joven de 17 años, Agustina se casó con Joan Roca i Vilaseca. Joan era un cabo segundo de artillería que había sido destinado temporalmente a Barcelona. Durante cinco años la pareja vivió feliz. Tuvieron un hijo, al que llamaron como su padre. Pero la entrada de las tropas napoleónicas en España iba a truncar aquella existencia tranquila.

Empieza la guerra. Juan Roca fue pronto movilizado. Agustina intentó seguirle como era costumbre entre las mujeres de los militares, pero al final tuvo que trasladarse con su hijo a Zaragoza, donde al parecer vivía una hermana suya. El matrimonio no se reencontró hasta el fin de la guerra.
La rebelión de Zaragoza. El 25 de mayo de 1808, las autoridades zaragozanas defensoras de la nueva dinastía encabezada por José I fueron depuestas. El general José de Rebolledo Palafox tomaba entonces el gobierno y el control de la ciudad. La rebelión de Zaragoza llevó pronto a los ejércitos franceses a sitiar la ciudad. Para entonces, Agustina ya se había instalado con su hermana.
A pesar de que, a priori, la situación geográfica de la ciudad y el número de contingentes franceses hacían de Zaragoza un sitio relativamente fácil para el enemigo, las tropas napoleónicas se encontraron delante a una población dispuesta a luchar con lo que fuera y como fuera. Entre los ciudadanos, numerosas mujeres se mostraron dispuestas a colaborar en la defensa de la plaza, suministrando municiones, agua y alimentos o luchando con el enemigo.

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El nacimiento del «mito». En uno de los ataques franceses, a principios de mayo, una granada explotaba cerca de la posición en la que se encontraba Agustina. La joven vio como los soldados caían a su alrededor y existía la amenaza de que las tropas enemigas consiguieran entrar en la ciudad. No se lo pensó dos veces. Avanzó entre los muertos y heridos hasta un cañón – previamente cargado – que activóLa sorpresa se apoderó de los dos bandos. Agustina consiguió mantener la situación hasta que llegaron refuerzos.
En ese mismo lugar, un oficial – el general D. José de Palafox emocionado ante tal hecho heroico – arrancó las insignias de un artillero caído en combate y se las dio a Agustina. Había nacido “la Artillera”. Los combates continuaron. Agustina se mantuvo firme en su lucha como miembro del cuerpo de Artillería.

La lucha fuera de Zaragoza. La joven fue hecha prisionera pero consiguió escapar. Tras sufrir la dramática desaparición de su hijo, Agustina decidió continuar con su vida de artillera y se presentó en la Junta Provincial de Teruel donde se reincorporó al ejército y continuó batallando contra los franceses hasta el final de la contienda en 1813.

Una vida itinerante. Terminada la guerra, Agustina se reencontró con su marido de nuevo en Zaragoza, donde permanecieron poco tiempo. La pareja viajó a SegoviaBarcelona, donde tuvieron a su segundo hijo, y Valencia. De vuelta a Barcelona, en 1823 moría su esposo.
Agustina volvió a casarse en Valencia con un médico, Juan de Cobo y se instalaron en Sevilla donde tuvieron una hija. Tras una etapa relativamente tranquila, Agustina y Juan se distanciaron debido a las ideas carlistas de su marido. Su hija Carlota, casada con un oficial de artillería, se había instalado en Ceuta. Desencantada de su matrimonio, Agustina decidió en 1853 irse a vivir con su hija. Cuatro años después, en 1857, moría Agustina, a los 71 años de edad.

De vuelta a Zaragoza. A pesar de que Agustina fue enterrada en Ceuta, en 1870 se decidió trasladarla a la ciudad que la convirtió en una auténtica heroína. Con grandes honores, su cuerpo fue depositado en la basílica del Pilar. Aunque aún tendría que hacer un último viaje. En 1908, como motivo del centenario, se trasladaron sus restos a la iglesia de Santa María del Portillo donde se erigió un mausoleo en recuerdo a las mujeres y hombres caídos en ese mismo lugar 200 años atrás. Ese debía ser el último viaje de Agustina.

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Agustina de Aragón una vida heroíca.

 

¡pero si hasta Lord Byron cayó entusiasmado al conocer su historia y trayectoria, dedicándole unos versos en su Peregrinación de Childe Harold (1812)!

¿quién se maravilla al conocer su historia?
Si la hubierais conocido en sus momentos débiles, 
si hubierais percibido unos ojos negros que contrastaban con su tocado, 
si hubierais escuchado el tenue sonido de su voz en sus habitantes, 
si hubierais contemplado aquella mirada profunda que desafiaba la mirada del pintor. 
sus formas gráciles, de encanto más que femenino…
Apenas creeríais que las murallas de Zaragoza
la vieron sonreír con el rostro gorgoniano del peligro, 
diezmando las filas cerradas y persiguiendo la gloria sin temor. 
Cae su amante: ella no vierte una lágrima inútil;
El capitán se desploma: ella toma el puesto temerario;
Sus compañeros huyen despavoridos: ella detiene la vergonzosa desbandada. 
El enemigo se retira: ella encabeza las huestes victoriosas.
¿quien como ella vengar la caída de un caudillo?
¿qué doncella podría reconquistar el honor que los hombres han perdido?
¿quién acosaría con tal fiereza a los franceses que huyen, 
derrotados por la mano de una mujer, ante unos muros sitiados?

 

 

Yessica, 2 de julio de 2013. 

 

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