La fiel infantería.

ARTURO PÉREZ-REVERTE | El Semanal – 31/1/1992.

Aún no se había inventado la fotografía; pero aquel tipo, Velázquez, recogió el momento. Estábamos allí, engalanados como para el Corpus, y a lo lejos Breda estaba en llamas. La verdad es que nos habíamos ganado a pulso el asunto, después de ocho meses dale que te pego, tragando miseria en los parapetos; cavando trincheras, zapa va y zapa viene, con los holandeses haciendo salidas y acuchillándonos en cuanto cerrábamos un ojo. Pero allá ondeaba, en el campanario, el lienzo blanco, grande como una sábana. Al final les habíamos roto el espinazo.

Nos alinearon en el centro, capitanes delante, guardia de piqueros y mosquetes a la derecha, más o menos en orden, aupándonos sobre la punta de los pies para verle la jeta a los holandeses. El capitán Urbieta nos puso en las filas delanteras a los que teníamos la ropa menos harapienta, empeñado como estaba en que impresionásemos al enemigo con nuestra marcial apariencia. La revista de la mañana había sido un calvario: diez azotes por cada falta de aseo y descuido en la vestimenta. Como dijo Antonio Muñoz, mi paisano, para qué puñetas queremos impresionarlos más, capitán, después de que los hemos fastidiado así de bien, que hasta se rinden, los herejes. Si eso no es impresionar a esos hideputas, que baje Cristo y lo vea. Y Urbieta, la mano en el pomo de la espada, mordiéndose el bigote para mantenerse serio, recetando cinco latigazos y medio rancho para el pobre Antonio, por bocazas y por meter al hijo de Dios en estos lances.

El caso es que allí estábamos, en aquel cerro que se llamaba Vangaast o Vandaart o algo por el estilo, con una treintena de picas y otros tantos mosquetes como guardia de honor, con las banderas de los tercios y toda la parafernalia. El resto de las compañías en línea ladera abajo, la cruz de San Andrés desplegada sobre los morriones de nuestros piqueros, lanzas y más lanzas, y mosquetes, que era un gusto mirarlos hasta el llano donde estaba la artillería apuntando al valle y la ciudad. Y al fondo, difuminada y azul entre el humo de los incendios, con manchas de sol que iban y venían entre las motas grises de las fortificaciones y los edificios, Breda a nuestros pies.

Sitúense ante el cuadro y miren a los holandeses, a la izquierda del lienzo. Observen sus caras. Habían subido la cuesta despacio, tomándose su tiempo, como si los que iban a rendirse fuéramos nosotros. Y Justino de Nassau endomingado como para una boda, bajándose del caballo con cara de asistir a su propio funeral, mirando alrededor como un sonámbulo, intentando digerir la humillación mientras procuraba mantener el porte digno. Al pobre diablo le temblaba la mano que sostenía la llave de la ciudad. Algunos de sus oficiales eran muy jóvenes, demasiado para emplearlos en negocio como la guerra, crecidos en campos fértiles, con llanuras y ríos y graneros bien abastecidos, comiendo caliente desde renacuajos. Burgueses cebados y con mucho que perder. Había uno de sus cachorros, rubio e imberbe, jovencito, con casaca blanca y manos de damisela que, aunque destocado por el protocolo, miraba con desprecio nuestras botas con remiendos, las barbas mal rapadas, nuestras caras de lobos flacos, peligrosos y arrogantes. Y hasta tal punto galleaba el mozo que mi capitán Urbieta, que tenía el genio vivo, empezó a retorcerse el mostacho y a acariciar el pomo de la espada, sugiriendo una sesión privada de esgrima. Un compañero del holandés captó el gesto y, poniendo la mano en el hombro del joven oficial, lo reconvino en voz baja hasta que éste bajó los ojos humillado y furioso, a punto de romper en lágrimas. Demasiado tierno, como casi todos ellos. Así les había ido la feria.

A la derecha estamos nosotros; mi lanza es la tercera por la izquierda. En torno sonaban redobles, cascos de cabalgaduras, capitanes dando órdenes como latigazos. Y allí, descabalgando, nuestro general, con media armadura negra rematada en oro, cuello de encaje y banda carmesí, el apunte de una sonrisa en los labios, Ambrosio Spínola, el viejo zorro. Con aire de circunstancias, pero disfrutando por dentro el espectáculo. Al fin y al cabo, aquélla era su fiesta.

Lo que son las cosas de la vida. Cuando la gente se para ante el cuadro, en el museo, son Spínola y el holandés, el jovencito imberbe y la plana mayor de nuestro general, quienes acaparan todas las miradas. Nosotros só1o somos el decorado, el te1ón de fondo de una escena en la que hasta el caballo de don Ambrosio, sus cuartos traseros, parece tener más importancia. Y sin embargo, allí en Breda como antes en Sagunto, Las Navas, Otumba o Pavía, o después en los Arapiles, Baler, Annual o Belchite, quienes en realidad hacíamos el trabajo duro éramos nosotros. Los nombres dan igual, porque durante siglos fuimos siempre los mismos: Antonio de Úbeda, Luis de Oñate, Álvaro de Valencia, Miguel de Jaca, Juan de Cartagena… Con la España que teníamos a la espalda, no había otra solución que huir hacia adelante. Por eso éramos, qué remedio, la mejor infantería del mundo. Secos y duros como la ingrata tierra que nos parió, hechos al hambre, al sufrimiento y la miseria. Crecidos sabiendo lo que cuesta un mendrugo de pan. Viendo al padre, y al abuelo, y a los hermanos mayores, dejarse las uñas en los terrones secos, regados con más sudor que agua. A la madre silenciosa y hosca, atizando el miserable fogón. Salidos de ocho siglos de acogotar moros o de acuchilarnos entre nosotros, crueles e inocentes a un tiempo, traídos y llevados a través del tiempo y de los libros de Historia so pretexto de tantas palabras huecas, de tantos mercachifles disfrazados de patriotas, de tantas banderas a cuánto la vara de paño de Tarrasa, de tantas fanfarrias compuestas por filarmónicos héroes de retaguardia. Fíjense en nosotros: siempre al fondo y muy atrás, perdidos, anónimos como siempre, como en todos los cuadros y todos los monumentos y todas las fotos de todas las guerras. Soldados sin rostro y sin nombre, carne de cañón, de bayoneta, de trinchera. La pobre, sudorosa y fiel infantería. Después, en los primeros planos y sobre los pedestales de las estatuas siempre aparecen otros: los Spínola que nunca se manchan el jubón, y que aún tienen humor y elegancia para decirle al holandés no, don Justino, faltaría más, no se incline. Estamos entre caballeros. El resto queda para nosotros: cruzar un río helado entre la niebla, en camisa para confundirnos con la nieve, la espada entre los dientes minados por el escorbuto. Levantarse y correr ladera arriba con la metralla zumbando por todas partes, porque al capitán, aunque es una mala bestia, nos da vergüenza dejarlo ir solo. Quedarte sin municiones en la Puerta del Carmen de Zaragoza y empalmar la navaja tarareando una jotica para tragarte el miedo, mientras los gabachos se acercan para el último asalto. Hacerse a la mar porque más vale honra sin barcos, dicen, en buques de madera ante los acorazados de acero yanquis. Morir de fiebre en la manigua, degollado en Monte Arruit por la ineptitud de espadones con charreteras. O cruzar el Ebro con diecisiete años mientras la artillería te da candela, el fusil en alto y el agua por la cintura, con los compañeros yéndose río abajo mientras en la orilla los generales y los políticos posan para los fotógrafos de la prensa extranjera.

Échenle un vistazo tranquilo al lienzo, sin prisas, e intenten reconocernos. Somos la humilde parcheada piel sobre la que redobla toda esa ilustre vitola de los generales y los reyes que posan de perfil para las monedas, los cuadros y la Historia. Y cuántas veces, en los últimos doscientos o trescientos años, no habremos visto ante nosotros, mirando con fijeza hacia el modesto rincón que ocupamos en el lienzo, un rostro de campesino, de esos arrugados y curtidos por el sol como cuero viejo. Un rostro parado ante el cuadro con aire tímido y paleto, dándole vueltas a la boina o el sombrero entre las manos nudosas, encallecidas, de uñas rotas. Los ojos de un hombre indiferente a la escena central del cuadro, buscando aquí atrás, en la modesta parte derecha de la composición, al fondo, bajo las lanzas, entre nosotros, una silueta confusa, familiar. Tal vez la de aquel hijo al que una vez acompañó un trecho por el sendero que conducía al pueblo, llevándole el hato de ropa o la maleta de cartón, liándole el primer cigarro. El hijo al que, ya parado en el último recodo, vio alejarse con su pelo al rape, las alpargatas y el traje de domingo, llamado a servir al rey. Hacia una guerra lejana e incomprensible de la que no habría de volver jamás. 

Fíjense en el cuadro de una maldita vez. Nosotros le dimos nombre y apenas se nos ve. Nos tapan, y no es casualidad, los generales, el caballo y la bandera.

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Para entender esta obra es necesario meternos en el contexto histórico. En esta época Los Paises Bajos estaban inmersos en la llamada Guerra de Flandes (o de los 80 años) contra España para conseguir su independencia. En 1590 Mauricio de Nassau-Orange al frente de los holandeses tomó la ciudad de Breda. Posteriormente La tregua de los doce años mantuvo el país en calma entre 1609 y 1621. La tregua terminó con Felipe IV en 1621 y la guerra comenzó de nuevo. La intención del rey español era recuperar la plaza perdida, enclave importante para otras conquistas.Para tan arriesgada misión el Rey Planeta (Felipe IV) nombró a Ambrosio de Spinola, un noble genovés de reputada fama de estratega. Le puso al mando de un fabuloso ejército de más de 40.000 hombres dirigidos por un buen número de generales españoles.

(La rendición de Breda o Las lanzas, realizado por Velázquez en 1634, Óleo sobre lienzo 307 cm × 367 cm. Si quieres verlo con más detalle pincha sobre la foto)
La ciudad de Breda, defendida por Justino de Nassau resistió heroicamente el asedio español, las fuerzas atacantes impidieron cualquier tipo de refuerzo o víveres asfixiando al enemigo  de tal manera que aquello supuso una lección de estrategia militar de la época. Finalmente Justino de Nassau rinde la plaza el día 5 de junio de 1625. Los españoles trataron con respeto al enemigo y les permitieron una honrosa capitulación. En base a este hecho Velázquez realizó su obra.El cuadro fue encargado para decorar el Salón de Reinos del madrileño Palacio del Buen Retiro (actualmente este palacio no existe aunque quedan del mismo sólo este Salón de Reinos y el  Salón de Baile, que hoy conocemos como Casón del Buen Retiro).

El lienzo formaría parte de la decoración junto con otros doce cuadros. Este palacete o villa se erigió por mandato de Felipe IV y disponía de diversos pabellones y espaciosos jardines se construyó anexo al monasterio de San Jerónimo el Real, cuya iglesia aún subsiste a espaldas del Museo del Prado. El actual Parque del Retiro es una parte de aquellos terrenos.

El Salón de Reinos era una importante parte de todo el conjunto ya que es el lugar donde Felipe IV recibía a los embajadores y demás autoridades extranjeras. A fin de impresionarles con una imagen de poder bélico y económico, se decidió decorar este gran salón con imágenes de los principales éxitos militares de España, si bien casi todos estos hechos eran relativamente antiguos y realmente España empezaba a menguar como potencia mundial. Junto con los cuadros relativos a batallas, se colgó otra serie de pinturas, debidas a Francisco de Zurbarán, sobre los Trabajos de Hércules, personaje mítico que los reyes españoles consideraban antepasado suyo.

Un detalle importante que hay que tener en cuenta en esta obra es que Velázquez no ha pintado la batalla, sino el final de la misma cuando Nassau entrega las llaves de la ciudad a Spínola. Las escenas de batalla del Renacimiento insistían en el poder del vencedor sobre el vencido. Velázquez se aparta intencionadamente de esa representación y refleja el encuentro de ambos generales prácticamente en pie de igualdad, si os dais cuenta, no hay ánimo de humillar ni de rebajar al enemigo, Spínola no permite que Nassau le entregue la ciudad de rodillas como era costumbre, sino que posa su mano en el hombro, con condescendencia, resaltando de esta manera la caballerosidad, gallardía y honor de los españoles vencedores, victoria sin arrogancia, porque el perdón engrandece más que la venganza, la clemencia es una alegoría del príncipe. Se evidencia por tanto la actitud de nobleza de ambos comandantes y la paciencia, virtud tan característica, de Spinola.

Nassau se muestra con coleto (vestidura hecha de piel) y calzón de color pardo con adornos de oro, paloma de encaje (cuello grande y vuelto sobre la espalda) y sombrero chambergo negro (de copa más o menos acampanada y de ala ancha levantada por un lado y sujeta con presilla, el cual solía adornarse con plumas y cintillos y también con una cinta que, rodeando la base de la copa, caía por detrás). Spinola lleva armadura pavonada con adornos de oro, valona (Cuello grande y vuelto sobre la espalda, hombros y pecho, que se usó especialmente en los siglos XVI y XVII.) de encaje, botas de piel y una banda de color carmín. En la mano izquierda enguantada lleva el sombrero también negro, más la bengala,(Insignia antigua de mando militar a modo de cetro o bastón) símbolo de autoridad (un bastón de mando).
De esta manera las llaves de la ciudad de Breda que Nassau entrega a Spínola aparecen en el centro de la composición, las tropas españolas a la derecha, los Tercios Viejos de Flandes curtidos en mil batallas con las lanzas hacia arriba en señal de victoria , en contrapunto a las tropas holandesas a la izquierda  con las armas caidas, dos alabardas y tres picas cortas, escenificando la derrota.Todas las figuras restantes son retratos de personas reales de la época aunque no se ha podido identificar a ninguna a excepción de uno de los soldados que puede ser un autorretrato de Velázquez.

 (Posiblemente este soldado de los Tercios Viejos de Flandes es un autorretrato del autor, Velázquez)
Velázquez en esta obra encuentra una nueva forma de captar la luz, ya no emplea el modo caravaggista de su estilo sevillano de iluminar los volúmenes así el grupo central de Spínola y Nassau se realza por efecto de la luz. La técnica se ha vuelto muy fluida, Sobre la marcha modificó la composición varias veces borrando lo que no le gustaba con ligeras superposiciones de color o añadiendo nuevos elementos, esto es lo que se llama Arrepentimientos. Así las lanzas de los soldados españoles se añadieron en una fase posterior. El tiempo o estudios posteriores revelan las correcciones. Un ejemplo, el sombrero del español de la primera lanza de la izquierda.
 
 (Ejemplo de una de las correcciones del cuadro que posteriormente se han desvelado. El sombrero de uno de los soldados, podeis ver aquí el detalle)
Curiosamente, la idea de la rendición de Breda tampoco es completamente original del pintor, podemos pensar que se sintió influido de otro genio de su época, Calderón de la Barca, el cual realizó en este tiempo una obra llamada «El Sitio de Breda» que se representó en el Coliseo del Buen Retiro, extraemos un fragmento que podría decirse es la música o el mejor comentario que podría acompañar al cuadro de Velázquez.
Justino: 
— Aquestas las llaves son
de la fuerza, y libremente
hago protesta en tus manos
que no hay amor que me fuerce
a entregarla, pues tuviera
por menos dolor la muerte.
Aquesto no ha sido trato,
sino fortuna, que vuelve
en polvo las monarquías
más altivas y excelentes.Espínola:
— Justino, yo las recibo,
y conozco que valiente
sois; que el valor del vencido
hace famoso al que vence. 

Y en el nombre de Filipo Cuarto
que por siglos reine,
con más victorias que nunca,
tan dichoso como siempre,
tomo aquesta posesión.Don Gonzalo:
— Dulces instrumentos [suenan].

Don Luis:
— Ya el Sargento en la muralla
las armas de España tiende.

Sargento:

— Oíd, soldados, oíd,
Españoles y otras gentes,
¡Bredá por el Rey de España!

Por otra parte y respecto a esto último que comento, el cuadro parece efectivamente una representación teatral, esto explicaría la pulcritud en los trajes, no vemos heridos y la colocación de los personajes es perfecta, como actores de teatro, aún así apreciamos la ligera desorganización del ejército holandés y la actitud ordenada de los españoles.

La obra se estructura en dos partes, la superior con el paisaje mencionado y la inferior con los hombres y los animales. Podemos apreciar algunos detalles interesantes por ejemplo sabemos que Spínola para protegerse mandó levantar dos barreras defensivas alrededor de casi toda la ciudad.  Velázquez las representa en el fondo del cuadro, además a modo de protección adicional Spinola mandó inundar parte de los prados lo que también se puede ver en el cuadro. Luego sabremos el porqué de tanto detallismo.

 (Detalle al fondo del cuadro de las barreras defensivas rodeando la ciudad, empalizadas y terreno inundado. Una estrategia que dio el triunfo a las tropas dirigidas por Spínola)
Ciertas teorías de algunos autores, remarcan que quizá esta obra pudiera haberse inspirado en el “Encuentro de Abraham y Melquisedec” de Rubens y también en los “Quadrins historiques de la Bible” de Paradin, ilustrados por Bernard Salomón, abra publicada en Lyon en 1553 y donde apreciamos también composiciones con grupos enfrentados, con presencia de picas o lanzas.Incluso aparece también un caballo en la obra.
 (Abraham y Melchizedek, Peter Paul Rubens 1577 – 1640 Óleo sobre panel (66 × 82 cm) – ca. 1625 National Gallery of Art, Washington DC)
Por la composición del cuadro, posiblemente Velázquez también pudo tener en cuenta la obra “Jesús y el centurión” de Veronés donde aparece una representación parecida y donde aparecen las lanzas. Observamos en esta obra también una serie de personajes enmarcando la escena con el centurión postrado ante Jesús y algún personaje dando la espalda al espectador como en La Rendición de Breda.
 Jesús y el centurión (1571) Pablo Veronés (1528?-1588) Óleo sobre lienzo, 192 x 297 cm. Relata aquel pasaje bíblico que dice :«-Señor, mi siervo yace en casa y está paralítico atrozmente atormentado. -Yo iré y lo curaré. -Yo no soy digno que entres bajo mi techo, di sólo una palabra y mi siervo será curado. -Ve, hágase contigo según has creído. Y en aquella hora quedó curado el siervo.» (Mateo, 8, 5-13).  Merece la pena pinchar sobre la imagen para verla en detalle.

Esto no quiere cecir que Velázquez copiara la obra de los maestros que he citado sino que inspiró en ellos para su propia composición dándole un aie completamente original dando una excelente muestra del dominio de todos los recursos pictóricos: habilidad para introducir la atmósfera, la luz y el paisaje en sus lienzos, maestría retratística y conocimiento profundo de la perspectiva aérea.En cuanto al estilo del cuadro, lo enmarcamos dentro del Barroco, con una composición abigarrada y naturalista en lo representado, incluso cuando se representa lo feo o lo desagradable se hace de manera delicada. Las posturas de los personajes se inspiran en la delicadeza de Veronés, los contrastes entre luces y sombras y las formas redondeadas son típicas de las escenas barrocas, y en este caso se muestran con la delicadeza y la maestría que sólo Velázquez sabía darle a sus obras.

El maestro juega con la luz y hace que resalte lo que le interesa, rostros, manos, tejidos, contraponiéndola acusadamente con zonas de sombra, este contraste le da viveza y fuerza a la escena. La pincelada que emplea es la llamada técnica de mancha, en la que la pincelada no sigue la línea precisa y delgada del dibujo, sino que llena las formas de color creando imágenes a base de trazos espontáneos y libres, si bien en algunos puntos se combina esta técnica con el detallismo, como se aprecia en los materiales de las ropas de los personajes lana, bordados, gasa, seda, cuero, etcPara que el espectador se sienta parte integrante de la escena, Velázquez recurre a dos trucos: coloca a algunos personajes y al caballo de espaldas, como lo estamos nosotros contemplando el cuadro y otros nos miran fijamente, se cierra de esta forma un círculo que nos hace pensar que somos testigos del momento de la entrega de las llaves.

(El espectador cierra el círculo de la escena integrándolo en el cuadro y a la vez dándole profundidad a la obra)
Para darle profundidad a la obra, Velázquez pinta la lejanía usando varios procedimientos, como por ejemplo el Punto de Vista Alto para mostrarnos mucho paisaje por detrás, lo difumina para darle aspecto de lejanía y utiliza tonos azulados (técnicas conocidas y muy empleadas) consigue el efecto gracias a una imprimación más ligera que la utilizada en su etapa sevillana, trabaja con colores fríos para dar impresión de distancia, grises, violetas, azules que crean aspecto de ligereza, atmósfera y distancia.
Curiosidades :» En la esquina inferior derecha pintó una hoja de papel en blanco, donde se esperaría ver la firma del pintor, pero no hay nada firmado a modo de desafío ¿quién aparte de Velázquez hubiera podido pintarlo?

» Velázquez y el general Spínola se conocían y fueron buenos amigos. Tiempo después, viajan juntos a Italia, país de origen del general. Se dice que allí, el artista estudia de los grandes maestros y que su estilo comienza a hacerse más realista y detallado.
» La rendición de Breda, es una pintura para exaltar las victorias españolas, es una obra propagandística, pero también es un tributo de Velázquez a su amigo Spínola recientemente fallecido porque en el momento en que Velázquez pintaba la obra, Breda había sido recuperada por los holandeses.
» Esta obra es una de las pocas pinturas históricas de Velázquez. Además, la estrecha relación del artista con el general, nos hace suponer que Spinola relató los acontecimientos de la rendición de Breda a Velázquez con todo lujo de detalles, lo que hace a la pintura históricamente precisa.

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